
Técnicas agrícolas ancestrales están ayudando a recuperar los suelos europeos
Durante décadas, la agricultura moderna se enfocó en maximizar la producción mediante el uso intensivo de maquinaria, fertilizantes y grandes extensiones de monocultivos. Sin embargo, ese modelo también dejó como consecuencia visible la degradación de los suelos.
La pérdida de materia orgánica, la erosión, la compactación y la disminución de la biodiversidad subterránea afectan actualmente a millones de hectáreas agrícolas en todo el mundo. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cerca de un tercio de los suelos del planeta presenta algún grado de degradación.
Frente a este escenario, dos prácticas utilizadas desde hace siglos están recuperando protagonismo en Europa: los cultivos de cobertura y el mulching o acolchado.
Lejos de tratarse de innovaciones tecnológicas, ambas técnicas forman parte del conocimiento agrícola tradicional de numerosas culturas y hoy son consideradas herramientas fundamentales dentro de la llamada agricultura regenerativa.
Una reciente revisión científica publicada en la revista Frontiers in Sustainable Food Systems analizó 45 estudios realizados en distintos sistemas agrícolas europeos y encontró resultados contundentes: estas prácticas permiten aumentar la humedad del suelo hasta un 70%, reducir la erosión en más de un 50% y mejorar significativamente la actividad biológica que sostiene la fertilidad de los cultivos.
Los cultivos de cobertura consisten en sembrar especies vegetales entre ciclos productivos o entre hileras de cultivos principales. Su función no es necesariamente generar una cosecha, sino proteger el suelo.
Las raíces ayudan a mantener la estructura de la tierra, facilitan la infiltración del agua y aportan materia orgánica cuando las plantas se descomponen.
El mulching, por su parte, consiste en cubrir la superficie del suelo con materiales orgánicos como hojas secas, paja, restos de poda o compost.
Esta capa actúa como una barrera protectora que reduce la evaporación, amortigua los cambios bruscos de temperatura y protege frente al impacto directo de la lluvia.
Aunque ambas técnicas son conocidas desde hace siglos por agricultores de distintas regiones del mundo, durante mucho tiempo fueron desplazadas por sistemas más intensivos que priorizaban la productividad inmediata.
Ahora, frente al avance del cambio climático y la creciente degradación de los recursos naturales, vuelven a ganar terreno.
Uno de los hallazgos más relevantes del estudio europeo tiene que ver con la capacidad de los suelos para almacenar agua.
Los investigadores observaron que las parcelas manejadas mediante cultivos de cobertura y acolchado aumentaron entre un 50% y un 70% su contenido de humedad en comparación con sistemas convencionales.
Después de una década de aplicación continua, la capacidad de retención hídrica del suelo creció entre un 4% y un 7%.
Puede parecer poco, pero en contextos de sequías cada vez más frecuentes, esa diferencia puede resultar decisiva para la supervivencia de los cultivos.
Los investigadores detectaron además una mejora significativa en la infiltración del agua gracias al desarrollo de sistemas radiculares más profundos y a una estructura del suelo más porosa.
En lugar de escurrirse rápidamente por la superficie, una mayor proporción de la lluvia logra ingresar al suelo y quedar disponible para las plantas.
La erosión es una de las principales amenazas para la producción agrícola mundial.
Cada año, millones de toneladas de suelo fértil son arrastradas por el viento o la lluvia, reduciendo la productividad y afectando la calidad de los ecosistemas.
La revisión científica encontró que las técnicas regenerativas lograron disminuir este fenómeno hasta en un 53%.
La explicación es sencilla: cuando el suelo permanece cubierto por vegetación o residuos orgánicos, queda mucho menos expuesto a las lluvias intensas y al viento.
Además, las raíces ayudan a mantener unidas las partículas del suelo, reduciendo su vulnerabilidad frente a eventos climáticos extremos.
Quizás uno de los aspectos más fascinantes del estudio ocurre debajo de la superficie.
Los investigadores registraron un aumento de hasta el 29% en la biomasa microbiana, es decir, en la cantidad de bacterias, hongos y microorganismos que habitan el suelo.
Aunque invisibles a simple vista, estos organismos cumplen funciones esenciales.
Son los responsables de descomponer materia orgánica, reciclar nutrientes, capturar carbono y mantener la fertilidad de los ecosistemas agrícolas.
A medida que aumenta la diversidad biológica subterránea, también crece la capacidad del suelo para recuperarse frente a enfermedades, plagas y perturbaciones ambientales.
