
La comida que termina en la basura: el costo invisible del desperdicio
Mientras millones de toneladas de alimentos se descartan cada año, también se pierden agua, energía, tierra y trabajo. En la Argentina, una primera medición nacional en hogares urbanos y nuevas iniciativas en supermercados muestran la dimensión de un problema que exige soluciones a lo largo de toda la cadena productiva.
Un problema que empieza mucho antes del tacho
Una fruta que se deteriora durante el transporte, una verdura que queda fuera de los estándares comerciales, un producto que vence en la góndola o las sobras de una comida que terminan en la basura. Son situaciones cotidianas que, sumadas, revelan una ineficiencia mucho mayor: producir alimentos que finalmente nadie consume.
El desperdicio alimentario suele asociarse con lo que sucede en los hogares, pero el problema comienza mucho antes de que la comida llegue a la mesa. Las pérdidas pueden producirse durante la cosecha, el almacenamiento, el procesamiento y el transporte. Luego, en los comercios, los restaurantes y las viviendas, otros alimentos quedan fuera de la cadena de consumo.
La consecuencia no es solamente económica. Cada producto descartado representa recursos naturales utilizados innecesariamente, además del trabajo humano, la energía y los costos logísticos que hicieron posible su producción.
Las cifras globales encienden una alarma
El Food Waste Index Report 2024, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), estimó que en 2022 se desperdiciaron alrededor de 1.050 millones de toneladas de alimentos en el mundo, equivalentes al 19% de los alimentos disponibles para los consumidores en los hogares, los servicios gastronómicos y el comercio minorista.
El informe distribuye ese volumen de la siguiente manera: el 60% corresponde a los hogares, el 28% a los servicios de alimentos y el 12% al comercio minorista. En promedio, cada persona desperdició unos 79 kilos de alimentos al año en su hogar, según las estimaciones mundiales del organismo.
A estas cifras se suman las pérdidas que ocurren antes de que los productos lleguen a los comercios. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estimó que alrededor del 13% de los alimentos producidos se pierde entre la cosecha y la etapa previa a la venta minorista.
El impacto ambiental también es significativo: las pérdidas y el desperdicio de alimentos generan entre el 8% y el 10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, según las estimaciones recogidas por el PNUMA.
La dimensión económica es igualmente importante. El desperdicio implica perder el valor de productos que requirieron inversiones, insumos, infraestructura y recursos para llegar al mercado.
¿Qué pasa en la Argentina?
En el país, el problema comienza a contar con herramientas de medición más específicas. En 2024 se realizó la primera medición nacional del desperdicio de alimentos en hogares urbanos, impulsada por el Plan Nacional de Reducción de Pérdidas y Desperdicio de Alimentos, con cooperación del Banco Interamericano de Desarrollo y participación técnica del Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (CESNI).
El estudio estimó un desperdicio de 71,9 kilos de alimentos por persona al año en los hogares urbanos argentinos. Del total registrado, el 58% correspondió a desperdicios sólidos intencionales, el 28% a sólidos no intencionales y el 14% a líquidos.
La investigación aporta una referencia para comprender qué sucede puertas adentro de las viviendas y diseñar medidas de prevención más ajustadas a los hábitos reales de consumo.
En paralelo, el país cuenta con un sistema de seguimiento de las mermas en supermercados y autoservicios. El tablero desarrollado con participación de GS1 Argentina, el Plan Nacional y empresas del sector permite analizar los productos descartados, sus categorías y las causas de las pérdidas.
Según los informes oficiales, las frutas y verduras se encuentran entre los rubros que requieren especial atención, debido a su carácter perecedero y a las dificultades que implica conservarlos y comercializarlos en condiciones adecuadas.
Del descarte a la recuperación de valor
Reducir el desperdicio no depende de una única medida. Requiere revisar los procesos en cada etapa de la cadena alimentaria.
En el sector agropecuario, mejorar las condiciones de cosecha, almacenamiento, refrigeración y transporte puede contribuir a preservar productos que de otro modo se perderían. En la industria y el comercio, una mejor planificación de las compras, la gestión de inventarios y la comercialización de productos próximos a su vencimiento permiten evitar descartes innecesarios.
Otra alternativa es recuperar alimentos aptos para el consumo mediante donaciones a organizaciones sociales. En la Argentina, el Banco de Alimentos y otras entidades trabajan con empresas, productores y comercios para rescatar productos y distribuirlos entre organizaciones que asisten a personas en situación de vulnerabilidad.
También existen oportunidades para aprovechar los residuos orgánicos que ya no pueden destinarse al consumo humano, mediante procesos como el compostaje y la producción de biogás, siempre que se realicen con criterios técnicos y sanitarios adecuados.
El objetivo es evitar primero la generación de excedentes y, cuando esto no sea posible, recuperar su valor antes de que se conviertan en residuos.
El cambio también empieza en casa
La planificación de las compras, el almacenamiento adecuado, el control de las fechas de vencimiento y el aprovechamiento de las sobras son prácticas sencillas que pueden reducir el desperdicio doméstico.
Sin embargo, la responsabilidad no puede recaer exclusivamente sobre los consumidores. Para lograr resultados sostenidos, también hacen falta mejores sistemas de distribución, información confiable, coordinación entre productores y comerciantes e iniciativas que faciliten la recuperación de alimentos.
La prevención del desperdicio es, además, una oportunidad para las empresas: aprovechar mejor las materias primas y reducir las mermas puede contribuir a mejorar la eficiencia de los procesos y disminuir costos.
Producir mejor también significa desperdiciar menos
En un contexto de presión sobre los recursos naturales y necesidad de mejorar la eficiencia de los sistemas agroalimentarios, reducir las pérdidas y el desperdicio constituye un desafío productivo, económico y ambiental.
No se trata solamente de evitar que la comida termine en la basura. Se trata de aprovechar mejor el agua, la energía, la tierra y el trabajo que hicieron posible producirla.
Porque detrás de cada alimento descartado hay algo más que un residuo: hay recursos que podrían haberse utilizado mejor y valor que todavía es posible recuperar.
