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El nuevo invierno del campo: camelina, carinata y colza, los cultivos que miran al cielo

Las oleaginosas invernales empiezan a ganar terreno en Argentina. No sólo prometen diversificar las rotaciones y cuidar el suelo: su aceite puede convertirse en materia prima para biocombustibles avanzados y combustible sostenible para aviación.

Durante años, el invierno fue para muchos lotes agrícolas una estación de espera. Barbechos largos, suelo expuesto, poca actividad biológica y la mirada puesta en el cultivo de verano. Pero esa lógica empieza a cambiar.

Camelina, carinata y colza —tres oleaginosas de invierno todavía poco conocidas fuera del circuito técnico— están ganando protagonismo en la Argentina. No llegan para reemplazar a los cultivos tradicionales, sino para ocupar un espacio que hasta hace poco parecía vacío: el tiempo entre una cosecha y la siguiente.

La novedad no está sólo en lo que se siembra. Está, sobre todo, en lo que estos cultivos pueden producir después: aceites destinados a biocombustibles avanzados, productos industriales y, en algunos casos, combustible sostenible para aviación, conocido por sus siglas en inglés como SAF.

El campo argentino, acostumbrado a hablar de granos, rindes y exportaciones, empieza así a conversar también sobre descarbonización, trazabilidad y aviación de bajas emisiones.

Un cultivo que no descansa

La principal virtud agronómica de estas especies es que permiten transformar el barbecho invernal en una etapa productiva. En vez de dejar el lote sin cobertura, incorporan raíces, biomasa y fotosíntesis durante los meses fríos.

En la práctica, funcionan como una suerte de “cultivo de servicio con renta”: ayudan a mantener el suelo activo y, al mismo tiempo, ofrecen una cosecha comercial.

Las raíces pivotantes de estas oleaginosas pueden contribuir a mejorar la aireación y la infiltración de agua, además de colaborar con una descompactación biológica del perfil. La biomasa que dejan también suma materia orgánica y carbono al sistema, dos palabras cada vez más importantes en un agro que busca producir más sin deteriorar su base productiva.

La camelina, por ejemplo, tiene un ciclo relativamente corto y puede adaptarse a ventanas ajustadas. La carinata y la colza, en cambio, suelen requerir barbechos más largos y una planificación más precisa. No son cultivos “automáticos”: exigen manejo, fecha de siembra, genética, nutrición y seguimiento técnico.

Pero ofrecen algo que empieza a seducir a muchos productores: una nueva alternativa para intensificar la rotación sin resignar sustentabilidad.

Del lote al tanque de un avión

El gran motor detrás de este interés está fuera del campo. Está en el mundo de la energía.

La transición hacia combustibles con menor huella de carbono está generando demanda de aceites vegetales certificados. La colza puede destinarse tanto a alimentación como a biodiésel y lubricantes; la carinata aporta un aceite no comestible, especialmente buscado para biocombustibles avanzados; y la camelina se posiciona como una materia prima atractiva para combustibles renovables y aplicaciones industriales.

El destino más llamativo es el combustible sostenible para aviación. El SAF no es una promesa lejana: aerolíneas, gobiernos y grandes compañías energéticas ya tienen compromisos concretos de reducción de emisiones, y necesitan materias primas que puedan demostrar origen, trazabilidad y menor impacto ambiental.

Ahí aparece una oportunidad para la producción argentina.

No se trata de que un avión vaya a despegar mañana con combustible hecho íntegramente en un campo bonaerense. La cadena es bastante más compleja: el grano se procesa, se obtiene el aceite, se refina y se integra a combustibles que deben cumplir estándares internacionales muy exigentes. Pero el punto de partida sí puede estar en un lote argentino.

La sustentabilidad ya no se declama: se certifica

Para acceder a estos mercados no alcanza con producir una oleaginosa diferente. Hay que demostrar cómo se produjo.

La Unión Europea, uno de los principales destinos para biocombustibles avanzados, exige que las materias primas no provengan de áreas deforestadas, que tengan trazabilidad y que acrediten reducción de emisiones a lo largo de toda la cadena.

Por eso, las certificaciones se vuelven una pieza central del negocio. Esquemas como 2BSvs, RSB o ISCC verifican prácticas productivas, uso del suelo, logística y trazabilidad. El productor no sólo entrega grano: entrega información, registros y cumplimiento de protocolos.

Es una transformación profunda. La sustentabilidad deja de ser una etiqueta simpática para una presentación corporativa y pasa a ser una condición comercial.

Quien no pueda medir, registrar y demostrar, difícilmente pueda entrar a los mercados que pagan las primas más atractivas.

Contratos, acompañamiento y precio antes de sembrar

Otra particularidad de estas oleaginosas es que no se comercializan exactamente como la soja, el maíz o el trigo.

En muchos casos, la cadena se organiza a través de contratos integrados: la empresa provee semilla, ofrece acompañamiento técnico, puede facilitar financiamiento y asegura la compra de la producción. Es un modelo que busca dar previsibilidad al productor y, al mismo tiempo, garantizar a la industria el volumen y la trazabilidad que necesita.

La referencia de precios suele estar definida antes de la siembra o puede fijarse parcialmente durante el ciclo. Para un productor que mira con atención los costos, los riesgos climáticos y la volatilidad de los mercados, esa previsibilidad tiene peso propio.

Los márgenes proyectados para la campaña 2025/26 muestran resultados positivos para los tres cultivos, aunque la conveniencia dependerá —como siempre— de la zona, el planteo agronómico, el rendimiento, el costo de logística y las condiciones de cada contrato.

No hay recetas universales. Sí hay una nueva conversación productiva.

Más valor agregado, más cerca

Argentina ya avanzó en la exportación de estos granos, especialmente en carinata, pero el desafío ahora es industrializar una mayor parte de la producción dentro del país.

En enero de este año se inauguró en Timbúes una línea de molienda con capacidad para procesar camelina, carinata y canola. La noticia puede parecer técnica, pero tiene una lectura estratégica: cada tonelada que se procesa localmente abre la puerta a más valor agregado, empleo, tecnología y conocimiento en origen.

El aceite puede exportarse para refinación en destino o, a futuro, integrarse a una cadena de transformación más completa dentro de la Argentina.

En un país que históricamente discutió cómo dejar de vender sólo materias primas, estos cultivos ofrecen una pequeña pero interesante pista: el valor no está únicamente en el grano. También está en la certificación, la tecnología, el procesamiento y el acceso a mercados de alta exigencia.

Una oportunidad, no una fórmula mágica

El entusiasmo debe ir acompañado de prudencia. Estos cultivos todavía enfrentan desafíos: escala, disponibilidad de semilla, conocimiento agronómico, continuidad de oferta, infraestructura, logística y exigencias de certificación.

Además, la sustentabilidad no está garantizada por el simple hecho de sembrar camelina o carinata. Depende del sistema completo: rotación, manejo del suelo, uso eficiente de insumos, conservación de biodiversidad y transparencia en la cadena.

Pero la tendencia es clara. El invierno agrícola empieza a dejar de ser una pausa para convertirse en una oportunidad.

Camelina, carinata y colza no son sólo nuevos nombres en el mapa productivo. Son parte de un cambio más amplio: un agro que necesita producir alimentos, energía y materias primas, mientras aprende a cuidar mejor el recurso más valioso que tiene debajo de sus ruedas: el suelo.