
México y el Mundial 2026: cuando la sustentabilidad juega de local
México vuelve a ocupar el centro de la escena futbolística mundial. Cuarenta años después del inolvidable Mundial de 1986, el país recibe otra vez a la Copa del Mundo —esta vez junto a Estados Unidos y Canadá— y se convierte en el primero en ser sede de partidos en tres ediciones distintas: 1970, 1986 y 2026.
Pero el desafío ya no es solamente deportivo, turístico o logístico. En 2026, organizar un Mundial implica responder una pregunta mucho más amplia: ¿puede un megaevento de escala global dejar una huella positiva en las ciudades que lo reciben?
La respuesta dependerá, en buena medida, de lo que ocurra en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, las tres sedes mexicanas que recibirán los 13 partidos disputados en el país.
Estadios con historia, pero también con nuevas exigencias
El Mundial llega con estándares ambientales más altos que los de otras ediciones. La estrategia de la FIFA para 2026 incorpora, por primera vez desde la etapa de candidatura, requisitos formales vinculados con sustentabilidad, compras responsables, evaluación de impacto ambiental, derechos humanos y sistemas de gestión para grandes eventos.
En México, esa exigencia aceleró obras y procesos de modernización en los tres estadios anfitriones: el histórico Azteca —que durante el torneo se denominará Estadio Ciudad de México—, el Estadio BBVA de Monterrey y el Estadio Akron de Guadalajara.
La agenda incluye iluminación LED, ahorro y monitoreo de agua, gestión diferenciada de residuos, mejoras en la calidad del aire interior, eficiencia energética y una revisión integral de los proveedores que operan dentro de los estadios. Según publicaciones internacionales, los recintos mexicanos debieron alinearse con certificaciones ambientales que consideran energía, agua, residuos, transporte y condiciones edilicias.
El caso del Estadio BBVA es especialmente interesante: su gestión operativa obtuvo certificación ambiental de alto nivel y avanzó con sistemas de seguimiento del consumo de recursos, mejor circulación de aire y la incorporación de vajilla reutilizable, una medida que busca reducir drásticamente los plásticos descartables en los días de partido.
La sustentabilidad no termina en la tribuna
Un Mundial no se mide solamente por lo que ocurre dentro de una cancha. Se mide también por cómo llegan los hinchas, qué residuos se generan, cuánta energía se consume, qué tipo de empleo se crea y qué infraestructura queda disponible una vez que se apagan las luces del último partido.
La estrategia de FIFA contempla cuatro pilares: dimensión social, ambiental, económica y de gobernanza. Además, cada una de las 16 ciudades sede del torneo debe contar con planes propios de acción ambiental y de derechos humanos.
Para México, el Mundial puede ser una oportunidad para impulsar soluciones que ya son urgentes en sus grandes ciudades: transporte público más eficiente, movilidad eléctrica, reducción de residuos, recuperación de espacios urbanos, uso más inteligente del agua y una mayor profesionalización en la organización de eventos masivos.
En Monterrey, por ejemplo, la transformación del antiguo penal de Topo Chico en el Parque Libertad muestra cómo una ciudad puede convertir un espacio asociado a la violencia en un área pública, deportiva y recreativa. El parque se consolidó como símbolo de recuperación urbana y de participación comunitaria, una dimensión social que también forma parte de la idea moderna de sustentabilidad.
El agua: el gran partido pendiente
Sin embargo, no todo es verde en el relato del Mundial. México enfrenta una de las discusiones ambientales más sensibles de América Latina: la disponibilidad de agua.
En ciudades con estrés hídrico, el mantenimiento de césped, la expansión de infraestructura, el aumento temporal de visitantes y la demanda extra de servicios obligan a mirar con lupa cada decisión. Las mejoras en eficiencia son valiosas, pero no alcanzan si no se integran a políticas urbanas de largo plazo.
Las publicaciones internacionales que analizaron las renovaciones de los estadios mexicanos destacan justamente esa tensión: mientras se incorporan tecnologías de ahorro y monitoreo, persisten cuestionamientos por el uso de agua potable para riego y por la prioridad que pueden recibir las obras vinculadas al torneo frente a necesidades cotidianas de los barrios.
Ese es el punto clave: la sustentabilidad no puede ser apenas una etiqueta aplicada a un estadio. Debe expresarse en indicadores concretos, transparencia, acceso público a la información y beneficios que permanezcan después de 2026.
El legado, la verdadera copa
México tiene una oportunidad singular. Su enorme cultura futbolera, su peso turístico y su diversidad urbana le permiten mostrar que el deporte puede ser una plataforma para acelerar transformaciones positivas.
Pero el éxito no estará dado solamente por la cantidad de visitantes, las fotos en el Azteca o las noches de fiesta en Guadalajara. Estará dado por la capacidad de convertir el Mundial en una herramienta para mejorar la vida cotidiana: menos residuos, más reutilización, mejor movilidad, espacios públicos recuperados, empleos locales y ciudades más preparadas frente al cambio climático.
El fútbol tiene una potencia emocional difícil de igualar. Puede movilizar multitudes, marcas, gobiernos y comunidades. El desafío para México es que esa energía no se disipe cuando termine el campeonato.
Porque, en materia de sustentabilidad, el verdadero resultado no se define a los 90 minutos. Se mide muchos años después, cuando las ciudades descubren si el Mundial dejó solamente recuerdos… o un futuro un poco mejor.
