
Clima y terremotos: ¿está cambiando la relación entre la atmósfera y la Tierra?
Durante décadas, terremotos y cambio climático fueron considerados fenómenos prácticamente separados. Los terremotos son, fundamentalmente, consecuencia del movimiento de las placas tectónicas y de la acumulación de tensión en las fallas geológicas. El clima, en cambio, parecía pertenecer a otra parte de la historia.
Pero esa separación comienza a ser revisada.
No porque el calentamiento global esté “provocando terremotos” en todo el planeta, una afirmación que la ciencia todavía no permite sostener, sino porque el cambio climático está modificando el peso del agua sobre la superficie terrestre, el comportamiento de los glaciares, el nivel de los océanos y la frecuencia de algunos fenómenos extremos. Y esas modificaciones pueden alterar, en determinadas circunstancias, el equilibrio de fallas que ya se encuentran bajo tensión.
La pregunta que comienza a ganar espacio entre los investigadores es entonces otra: ¿puede un clima que está cambiando modificar también el comportamiento de una Tierra que ya es sísmicamente activa?
El punto de partida: los terremotos no desaparecen de la geología
Un terremoto ocurre cuando una falla libera de manera brusca la energía acumulada en las rocas. Esa energía se acumula durante períodos que pueden durar años, décadas o incluso siglos como consecuencia del movimiento de las placas tectónicas.
El cambio climático no reemplaza ese mecanismo.
Lo que algunos estudios plantean es que determinados cambios ambientales pueden actuar como un pequeño empujón adicional sobre sistemas geológicos que ya se encuentran próximos a romperse.
Una investigación del Centro Alemán de Investigación de Geociencias (GFZ) y de la Universidad del Sur de California planteó que el aumento del nivel del mar y la mayor intensidad de algunas tormentas pueden incrementar la presión hidrostática sobre determinadas fallas, especialmente en regiones costeras. Los autores sostienen que esas variaciones pueden modificar los ciclos sísmicos y adelantar algunos terremotos que, de todos modos, estaban relacionados con la actividad tectónica.
Es una diferencia importante: el clima no crea la falla ni genera desde cero la energía de un gran terremoto; puede, en ciertos escenarios, modificar las condiciones en las que una falla libera una tensión que ya acumulaba.
El agua tiene un papel mucho mayor del que parece
Uno de los elementos centrales de esta nueva línea de investigación es el agua.
La ciencia ya sabe que cambios en la presión del agua pueden producir modificaciones en la actividad sísmica. Es algo observado, por ejemplo, alrededor de determinados embalses y en algunos proyectos de inyección de agua asociados a actividades industriales.
El GFZ señala que variaciones relativamente pequeñas en la presión pueden ser suficientes para modificar el comportamiento de algunas fallas.
El cambio climático introduce nuevas variables.
El calentamiento global está provocando retroceso de glaciares, pérdida de hielo, cambios en las precipitaciones, sequías más prolongadas y episodios de lluvias intensas. El US Geological Survey confirma que entre las transformaciones observadas se encuentran el retroceso acelerado de los glaciares, el aumento de determinados extremos de precipitación y períodos de sequía más prolongados.
En una montaña, por ejemplo, el deshielo modifica la distribución del peso sobre la superficie. El agua procedente de la fusión puede además infiltrarse en fracturas y zonas de falla.
Y ahí aparece una de las hipótesis que más atención está recibiendo.
Los glaciares también pueden influir
Un trabajo científico reciente estudió precisamente la relación entre el calentamiento, el deshielo y la actividad sísmica en zonas montañosas.
La investigación publicada en 2025 presentó evidencia que vincula el deshielo de nieve y glaciares asociado al cambio climático con un aumento del peligro sísmico en determinadas regiones. El mecanismo propuesto está relacionado con la infiltración del agua de deshielo hacia zonas profundas y su influencia sobre las presiones existentes en las rocas y fallas.
Esto resulta especialmente interesante en regiones montañosas.
Cuando desaparecen grandes cantidades de hielo, cambia la carga que soporta la corteza terrestre. Y cuando además grandes volúmenes de agua penetran en el subsuelo, pueden modificarse las presiones existentes.
La combinación de ambos procesos no significa que cada glaciar que retrocede vaya a producir un terremoto. Significa que en determinadas condiciones geológicas, el cambio climático puede convertirse en un factor adicional dentro de un sistema mucho más complejo.
Y hay algo todavía más importante: lo que ocurre después del terremoto
Quizás sea aquí donde la relación entre clima y sismos resulta más clara.
Un terremoto puede desencadenar deslizamientos, tsunamis, licuefacción del suelo y desprendimientos.
El cambio climático puede aumentar la vulnerabilidad frente a algunos de esos fenómenos secundarios.
Una revisión publicada en Nature Reviews Earth & Environment sostiene que modificaciones humanas del ambiente —entre ellas la deforestación, el movimiento de sedimentos, la irrigación y el aumento del nivel del mar— pueden amplificar algunos de los peligros secundarios asociados con los terremotos, como deslizamientos, licuefacción, tsunamis e inundaciones costeras.
Esto cambia la discusión.
No necesariamente se trata de esperar “más terremotos por el cambio climático”, sino de prepararse para un mundo donde un fenómeno sísmico puede encontrarse con un territorio más vulnerable por efecto de las transformaciones ambientales.
Un planeta que está mostrando señales simultáneas
Las noticias de estas semanas ofrecen un contexto que vuelve especialmente visible esta discusión.
El 10 de agosto un terremoto de magnitud 7,4 golpeó Colombia. Días después, Indonesia sufrió un terremoto de gran intensidad que dejó decenas de muertos, heridos y miles de evacuados. En Granada, España, una secuencia de movimientos sísmicos continúa durante estos días: el más fuerte de la serie reciente alcanzó magnitud 3,4 y fue seguido por otros movimientos menores.
Pero sería incorrecto establecer una relación directa entre esos terremotos y el cambio climático.
Indonesia, Colombia y Granada se encuentran en contextos tectónicos diferentes y la actividad sísmica tiene allí causas geológicas conocidas. La coincidencia temporal de terremotos en distintas partes del mundo no demuestra que exista una causa climática común.
Lo que sí está cambiando es el contexto ambiental en el que ocurren muchos de estos fenómenos.
¿Qué se espera hacia adelante?
La comunidad científica todavía no puede ofrecer una respuesta sencilla a la pregunta de si el calentamiento global producirá un aumento significativo del número de grandes terremotos en el mundo.
Sí existe mayor consenso en otro punto: el cambio climático está modificando las condiciones físicas de la superficie terrestre y esos cambios pueden interactuar con procesos geológicos.
Los investigadores del GFZ plantean que el aumento del nivel del mar y los fenómenos meteorológicos extremos deberían incorporarse en las futuras evaluaciones del riesgo sísmico, particularmente en zonas costeras.
Al mismo tiempo, investigaciones recientes sobre glaciares muestran que las regiones de alta montaña también merecen una vigilancia especial.
Esto obliga a pensar en algo más amplio que la tradicional división entre “riesgo climático” y “riesgo geológico”.
La Tierra funciona como un sistema
La gran novedad no es que el clima haya reemplazado a la tectónica como explicación de los terremotos. No lo hizo.
La novedad es que la ciencia está observando con mayor atención las conexiones entre procesos que durante mucho tiempo fueron estudiados por separado.
El calentamiento modifica los glaciares.
Los glaciares modifican la distribución del peso sobre la corteza.
La lluvia y el deshielo modifican la circulación del agua en el subsuelo.
El nivel del mar modifica la presión sobre las zonas costeras.
Las tormentas pueden alterar rápidamente grandes volúmenes de agua.
Y las fallas geológicas continúan acumulando energía.
La combinación de esos procesos todavía no puede traducirse en una fórmula que permita anticipar un terremoto. No existe hoy un método científico que permita decir que determinado evento climático provocará un sismo en determinado lugar y fecha.
Pero sí existe una pregunta que está ganando importancia: si el clima está cambiando, ¿también debemos actualizar nuestra manera de evaluar el riesgo geológico?
Cada vez más investigadores creen que la respuesta es sí.
Y quizás esa sea la verdadera historia detrás de la relación entre clima y terremotos: no que el cambio climático esté haciendo temblar al planeta de manera directa, sino que está modificando algunas de las condiciones en las que la Tierra responde a sus propias tensiones.
Fuente: Información recopilada en base de medios internacionales
