Otros vertederos altamente contaminantes en América Latina

Aunque el caso chileno generó impacto global, América Latina arrastra desde hace décadas graves problemas vinculados a vertederos y basurales a cielo abierto.

Uno de los casos más emblemáticos fue Jardim Gramacho, en Río de Janeiro, Brasil. Durante años fue considerado el vertedero más grande de América Latina y uno de los mayores del mundo. Funcionaba sobre humedales ecológicamente sensibles junto a la Bahía de Guanabara y recibía miles de toneladas de residuos por día antes de su cierre en 2012.

Otro caso crítico fue Bordo Poniente, en Ciudad de México, un gigantesco basural que acumuló cerca de 70 millones de toneladas de residuos y durante años liberó enormes cantidades de gases contaminantes derivados de la descomposición de basura orgánica.

En Nicaragua, La Chureca, ubicado en Managua, también se convirtió en símbolo de contaminación extrema y exclusión social. Fue durante décadas el mayor basural a cielo abierto de Centroamérica y cientos de familias vivían y trabajaban directamente entre los residuos.

Todos estos casos muestran un patrón común: sistemas de gestión de residuos colapsados, escasa separación de basura orgánica y enormes emisiones de gases contaminantes.

La basura orgánica, el gran problema invisible

Especialistas sostienen que buena parte del problema podría reducirse drásticamente si menos residuos orgánicos terminaran enterrados en vertederos.

Cuando restos de comida, vegetales o podas quedan atrapados sin oxígeno bajo toneladas de basura, comienzan a producir grandes cantidades de metano. Por eso, cada vez más países avanzan en políticas de compostaje, reciclaje y valorización de residuos orgánicos.

En Chile, por ejemplo, ya existe una Estrategia Nacional de Residuos Orgánicos (ENRO) que busca valorizar el 66% de los residuos municipales hacia 2040. Además, se discuten nuevas regulaciones para limitar el envío de basura orgánica a rellenos sanitarios y aumentar la captura de biogás.

Uno de los cambios más importantes de los últimos años es que las emisiones de metano ya no pasan desapercibidas. Gracias a nuevas tecnologías satelitales desarrolladas por organismos científicos y ambientales, hoy es posible detectar “superemisores” desde el espacio casi en tiempo real.

Naciones Unidas incluso creó un sistema internacional de alerta para avisar rápidamente a gobiernos y empresas cuando se detectan grandes fugas de metano. Según la ONU, algunas de estas intervenciones ya permitieron reducir emisiones equivalentes a millones de autos funcionando durante un año.

El caso de los vertederos chilenos volvió a dejar algo en evidencia: la basura no desaparece cuando se tira. Y en tiempos de crisis climática, lo que ocurre bajo tierra en los rellenos sanitarios puede tener consecuencias globales invisibles, pero enormes.