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"Hay especies en peligro crítico de extinción”: el rastreo satelital en Chubut que busca salvar al tiburón gatopardo

Durante décadas, el comportamiento de los tiburones en el Mar Argentino representó un
rompecabezas armado a partir de piezas sueltas y de reportes aislados de la pesca deportiva y
de los desembarcos y registros de observadores a bordo de la pesca industrial.

En el Mar Argentino habitan alrededor de 55 especies de tiburones, aunque muchas personas
desconocen esta gran diversidad. Existe poca conciencia sobre su presencia y su importancia
ecológica, ya que la información disponible para el público es limitada. Como consecuencia, el
conocimiento general sobre estos animales y su rol en los ecosistemas marinos sigue siendo
escaso.

Tecnología y marcado

Hoy, la tecnología permite seguir el rastro de estos gigantes oceánicos con una precisión
absoluta. A lo largo de la última temporada de primavera y verano, el equipo del Proyecto
Patagonia Azul de Rewilding Argentina, en colaboración con científicos del ECO-SOB
(Universidad Provincial del Sudoeste), el IIDEPYS-GSJ y el Instituto de Hidrobiología de la
Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, llevó adelante una campaña de marcado
satelital de tiburones gatopardo en dos puntos geográficos clave del litoral marítimo.

Las tareas se concentraron en Cabo San Antonio, en la provincia de Buenos Aires, y en Caleta
Malaspina, un sector resguardado dentro del Parque Provincial Patagonia Azul en la costa de
Chubut.

El objetivo central de la iniciativa es descifrar las trayectorias vitales de una especie de hábitos
sumamente costeros. Nacho Gutiérrez, coordinador de Conservación del proyecto, detalla que
los dispositivos colocados cuentan con sensores capaces de registrar la profundidad, la
temperatura del agua y la intensidad de la luz. “Estos aparatos quedan adheridos al animal
durante un tiempo programado y luego se desprenden de manera automática a los seis o
nueve meses”, describe. Una vez libres, flotan hacia la superficie y transmiten la información
almacenada a una constelación de satélites para generar un mapa de trayectoria altamente
confiable.

En el ámbito científico patagónico existía la creencia de que esta región funcionaba
principalmente como una gran zona de alimentación y que la desembocadura del Río de la
Plata era el área elegida para la reproducción. El proyecto busca contrastar estas hipótesis en
el terreno. El equipo intenta comprender si los ejemplares migran de una zona a la otra dentro
de un mismo año, cuánto tardan en concretar esos viajes y si mantienen patrones repetidos a
lo largo del tiempo.

Aunque algunos transmisores se soltaron de forma prematura por las complicaciones propias
del medio submarino, los datos recibidos ya resultan reveladores. Todos los animales
monitoreados registraron movimientos hacia el norte. Incluso se documentó el viaje de un
tiburón que recorrió 300 kilómetros entre Caleta Malaspina y el Golfo Nuevo de ida y vuelta
durante los meses de verano. Además, se confirmaron migraciones completas entre la costa
chubutense y el litoral bonaerense a inicios del otoño, transformando presunciones históricas
en datos científicos concretos.

La presión pesquera y la falta de regulación

Esta confirmación territorial tiene un peso enorme a la hora de delinear políticas públicas.
Gutiérrez remarca que la identificación de las áreas de mayor uso permite entender qué
necesidades ecológicas tienen los tiburones en cada momento del año. Sin embargo, advierte
que “la realidad de estos animales en el país es preocupante y exige respuestas urgentes. De
las 55 especies registradas en aguas nacionales, un gran porcentaje enfrenta alguna categoría
de peligro de extinción”. Si bien la UICN declaró ciertas zonas de importancia para la
conservación de tiburones y rayas dentro del Mar Argentino, el investigador subraya que estas
figuras carecen de un poder de protección real y deben transformarse en áreas marinas
protegidas específicas orientadas a la salvaguarda de estas poblaciones.

El mayor obstáculo para la supervivencia de estos animales es la presión de la actividad
pesquera. En las costas de la Patagonia, la principal amenaza es la pesca de arrastre industrial
orientada al langostino y a la merluza. Las rutas migratorias de los tiburones se solaparían de
forma directa con las flotas que operan en los frentes del Golfo San Jorge y de la Península
Valdés, en la Provincia de Chubut.

A este escenario se suma el impacto de la pesca directa en la provincia de Buenos Aires. Allí, el
variado costero captura de manera constante especies de tiburones al borde del colapso
ecológico, como el cazón o el gatuzo. El especialista advierte que “gran parte de estos
desembarcos carece de un registro certero y de una regulación efectiva que permita medir qué
se extrae y de qué tamaño, lo que acelera el declive de las poblaciones”.

Los pescadores como aliados estratégicos

Frente a este panorama complejo, la pesca deportiva empieza a ocupar un rol fundamental en
materia de conservación. Históricamente, las prácticas con sacrificio diezmaron a los
ejemplares costeros, pero en la actualidad los pescadores ya se han convertido en agentes
clave de conservación. Al ser las personas con mayor contacto directo con especies como el
gatopardo o el bacota, su conocimiento del terreno resulta un gran aporte para los
investigadores.

Distintos proyectos, algunos liderados por los propios pescadores deportivos, impulsan la
adopción de buenas prácticas que incluyen el uso de anzuelos circulares, la devolución
obligatoria sin importar el tamaño del ejemplar y una manipulación cuidadosa que evite peleas
largas o tiempo excesivo fuera del agua. Como complemento al seguimiento satelital, los
biólogos utilizan marcas plásticas de identificación individual e invitan a la comunidad a
reportar cualquier hallazgo a través de iniciativas de ciencia ciudadana como el proyecto
“Conservar Tiburones” liderado por la WCS Argentina.

La urgencia por salvaguardar a estos animales radica en su función indelegable dentro del mar.
Al posicionarse como depredadores topes, “los tiburones regulan las poblaciones de otras
especies marinas y garantizan el equilibrio de la cadena alimenticia”, destaca Gutiérrez. Su
desaparición generaría un desbalance inmediato en todo el ecosistema oceánico, un riesgo
profundo que la ciencia y la tecnología buscan frenar con información precisa y acciones
integrales en el territorio.