
Energías renovables: la nueva ventaja para producir de manera sustentable en Uruguay
Uruguay ya no discute si las energías renovables son una alternativa: forman parte de su estructura productiva. El desafío que comienza ahora es aprovechar esa energía limpia para transformar la industria, el agro, el transporte y las exportaciones.
Durante años, hablar de energías renovables en Uruguay significaba hablar de una transformación de la matriz eléctrica. Hoy esa discusión quedó atrás. El país consiguió construir uno de los sistemas eléctricos con mayor participación de fuentes renovables y enfrenta una nueva pregunta: ¿cómo convertir esa energía en una ventaja concreta para producir, invertir y exportar de manera más sustentable?
Los números muestran hasta qué punto cambió el escenario. En 2025, el 98% de la generación eléctrica uruguaya tuvo origen renovable. La hidroelectricidad representó el 46%, la energía eólica el 34%, la biomasa el 14% y la solar el 4%. En total, se entregaron al Sistema Interconectado Nacional 13.040 GWh.
El dato es importante no solamente desde el punto de vista ambiental. Para una empresa, contar con electricidad generada mayoritariamente a partir de fuentes renovables puede convertirse en un factor de competitividad en un mercado internacional que exige cada vez más información sobre el origen y la huella ambiental de los productos.
De la matriz eléctrica a la producción
La primera transformación energética uruguaya permitió sustituir buena parte de los combustibles fósiles utilizados para generar electricidad por agua, viento, biomasa y sol. La segunda etapa busca llevar esa descarbonización hacia aquellos sectores donde todavía existe una fuerte dependencia de combustibles fósiles.
El propio Ministerio de Industria, Energía y Minería plantea una segunda transformación energética enfocada en la descarbonización de la industria, la movilidad eléctrica y el desarrollo del hidrógeno verde.
Esto abre una posibilidad particularmente interesante para el sector productivo.
Una industria que utiliza electricidad renovable puede reducir la intensidad de carbono de sus procesos. Una empresa agroindustrial puede avanzar en electrificación, incorporar generación solar o aprovechar biomasa residual. Una planta forestal puede utilizar subproductos para generar energía. Y determinadas actividades que todavía necesitan combustibles de alta densidad energética podrían, en el futuro, recurrir al hidrógeno verde y sus derivados.
La sustentabilidad, en este escenario, deja de ser solamente una cuestión de imagen corporativa. Puede convertirse en parte de la estrategia industrial.
El campo también entra en la transición
La relación entre energías renovables y producción agropecuaria tiene una característica particular: muchas actividades rurales generan residuos o subproductos que pueden transformarse en energía.
La biomasa ya tiene un papel relevante en Uruguay. Su desarrollo estuvo asociado, entre otras actividades, al crecimiento forestal y de la industria de la celulosa, pero también a cadenas agropecuarias como el arroz, la soja y el trigo.
El concepto es sencillo: aquello que antes podía ser considerado un residuo puede convertirse en un recurso energético.
En establecimientos agropecuarios, además, la generación solar distribuida puede complementar el consumo de instalaciones productivas, bombas, sistemas de riego, cámaras de frío o infraestructura de procesamiento.
No se trata necesariamente de reemplazar todo el sistema energético de una explotación. En muchos casos, el objetivo puede ser más concreto: reducir el consumo de combustibles fósiles, estabilizar costos y aprovechar recursos disponibles en el propio establecimiento o en su entorno.
Sol, viento y biomasa: una combinación que reduce riesgos
Una de las fortalezas del modelo uruguayo es que no depende de una única fuente renovable.
El agua aporta generación hidroeléctrica; el viento tiene un peso significativo; la biomasa permite aprovechar recursos asociados a actividades productivas; y la energía solar agrega una fuente que todavía tiene margen de crecimiento.
Uruguay XXI señala que el país cuenta actualmente con 19 plantas fotovoltaicas de gran escala, con unos 264 MW de potencia, mientras que las instalaciones solares de pequeña escala conectadas a la red alcanzaron 1.708 proyectos y 44,5 MW en 2025.
Esa diversificación también es productiva: permite combinar distintas fuentes y reducir la dependencia de una sola condición climática o tecnológica.
Al mismo tiempo, el sistema enfrenta nuevos desafíos. Cuanto mayor sea la incorporación de generación variable, mayor será la importancia de gestionar la demanda, mejorar los pronósticos, fortalecer las redes e incorporar almacenamiento cuando resulte conveniente. La propia Administración del Mercado Eléctrico trabaja actualmente en herramientas de pronóstico de generación eólica y solar y en modelos para optimizar el despacho del sistema.
El próximo gran salto: hidrógeno verde
Si la primera transformación energética estuvo asociada a la electricidad renovable, la segunda puede estar vinculada a algo más ambicioso: utilizar esa electricidad para producir nuevos combustibles y materias primas.
El hidrógeno verde se obtiene mediante electrólisis del agua utilizando electricidad de origen renovable. Su importancia está en que puede utilizarse para descarbonizar sectores en los que la electrificación directa resulta más difícil, como determinados procesos industriales, el transporte pesado o algunos combustibles utilizados por la aviación.
Uruguay ya definió una estrategia nacional para el desarrollo del hidrógeno verde y sus derivados, con la mirada puesta tanto en el mercado interno como en la exportación. La estrategia oficial plantea cuatro pilares: compromiso ambiental y social, un Estado que promueva y controle, desarrollo local descentralizado y diálogo y transparencia.
Pero el desarrollo de esta industria también obliga a mirar cuidadosamente sus impactos. En 2025 Uruguay realizó estudios específicos sobre la disponibilidad y utilización del agua para la producción de hidrógeno verde y sus derivados.
Es una señal importante: una tecnología no se vuelve sustentable simplemente porque utilice electricidad renovable.También debe analizarse de dónde provienen sus insumos, qué impacto tiene sobre el territorio, cuánta agua utiliza, cómo se gestionan sus residuos y qué beneficios genera para las comunidades donde se instala.
Producir con menos emisiones también puede abrir mercados
La transición energética está modificando las condiciones de acceso a los mercados internacionales.
Cada vez más compradores, cadenas comerciales e industrias demandan información sobre las emisiones asociadas a los productos que adquieren. En ese contexto, una matriz eléctrica renovable puede convertirse en una ventaja para Uruguay, particularmente para aquellas actividades exportadoras capaces de demostrar una baja intensidad de carbono.
El país ya cuenta, además, con un Sistema de Certificación de Energía Renovable que permite acreditar el origen renovable de la electricidad.
Esto puede resultar relevante para empresas que necesiten demostrar ante clientes o mercados internacionales que parte de su producción se realizó utilizando electricidad proveniente de fuentes renovables.
La energía, entonces, empieza a formar parte de la trazabilidad del producto.
La sustentabilidad como parte del negocio
Uruguay tiene una ventaja que no todos los países pueden construir rápidamente: una matriz eléctrica prácticamente descarbonizada.
Pero esa ventaja por sí sola no garantiza una producción sustentable.
El verdadero desafío consiste en utilizarla como plataforma para transformar procesos productivos, incorporar eficiencia energética, electrificar consumos, aprovechar residuos, desarrollar nuevas tecnologías y generar productos con menor huella ambiental.
La segunda transformación energética que Uruguay comenzó a transitar apunta justamente en esa dirección. Ya no se trata solamente de producir electricidad limpia, sino de usar esa electricidad para cambiar la manera en que se produce.
Para el agro, la industria y los servicios, la pregunta empieza a ser menos cuánto cuesta la energía y más qué tipo de energía utiliza cada proceso, qué emisiones genera y cómo ese dato impacta sobre la competitividad.
En ese escenario, las energías renovables dejan de ser solamente una política ambiental. Pueden convertirse en uno de los activos productivos más importantes de Uruguay para competir en una economía mundial que cada vez mira con mayor atención cómo, y no solamente cuánto, se produce.
