
Energías renovables en Sudamérica: un continente con energía para transformar su matriz
Sudamérica tiene uno de los mayores potenciales del mundo para avanzar hacia una matriz energética basada en fuentes renovables. Agua, sol, viento, biomasa y, en determinadas regiones, recursos geotérmicos conforman una combinación de recursos naturales que puede convertirse en una ventaja estratégica frente a la necesidad de reducir emisiones, garantizar seguridad energética y atraer nuevas inversiones.
La región, además, no parte de cero. La hidroelectricidad tiene desde hace décadas un papel central en la generación eléctrica sudamericana y, en los últimos años, la energía solar y la eólica comenzaron a modificar progresivamente el mapa energético.
Según la Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía (OLADE), la generación eléctrica de América Latina y el Caribe mantuvo en 2025 una fuerte participación de fuentes renovables. En diciembre de ese año, la hidroelectricidad representó el 43,9% de la generación regional, mientras que la energía eólica alcanzó el 12,1% y la solar el 5,1%. El índice de renovabilidad se ubicó alrededor del 65%.
Pero detrás de los promedios regionales existe una realidad mucho más diversa.
Un territorio, distintas estrategias
Brasil ocupa una posición central por el tamaño de su sistema eléctrico y la diversidad de sus recursos. La hidroelectricidad continúa siendo fundamental, mientras que la expansión de parques eólicos y solares modificó significativamente la composición de su matriz.
En el extremo sur del continente, Uruguay se convirtió en uno de los casos más destacados de incorporación de energía eólica. Paraguay, por su parte, posee una matriz eléctrica prácticamente renovable gracias a su enorme capacidad hidroeléctrica.
Chile presenta otra particularidad: sus extensas zonas desérticas ofrecen condiciones excepcionales para la generación solar, mientras que determinadas áreas australes poseen un importante potencial eólico.
Argentina también dispone de recursos renovables de enorme escala. La Patagonia concentra algunas de las mejores condiciones eólicas del mundo, mientras que el noroeste argentino cuenta con una elevada radiación solar. A esto se suma el potencial de la biomasa y de los pequeños aprovechamientos hidroeléctricos.
La cuestión ya no es solamente cuánto recurso natural existe. El desafío es cómo convertir ese potencial en energía disponible, competitiva y confiable.
Del recurso natural a la infraestructura
El crecimiento de las renovables plantea una nueva generación de desafíos.
La energía solar y la eólica dependen de las condiciones meteorológicas. Por eso, cuanto mayor sea su participación en la matriz eléctrica, mayor será también la necesidad de contar con redes modernas, sistemas de almacenamiento, capacidad de respaldo y una mejor integración entre los distintos mercados eléctricos.
La Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) señala que Sudamérica podría alcanzar hasta un 98,5% de generación eléctrica renovable hacia 2050. Para avanzar hacia ese escenario, sin embargo, sería necesario acelerar significativamente la incorporación de nueva capacidad renovable, además de fortalecer las redes y las interconexiones regionales.
Esto introduce una cuestión particularmente importante para Sudamérica: la posibilidad de pensar la energía más allá de las fronteras nacionales.
Una mayor integración eléctrica permitiría que los excedentes generados en una zona puedan complementar déficits en otra. En un continente con grandes distancias y recursos distribuidos de manera desigual, las interconexiones pueden convertirse en una pieza estratégica de la transición energética.
La oportunidad industrial
La transición hacia las renovables tampoco se limita a producir electricidad.
El desarrollo de parques solares y eólicos demanda infraestructura, tecnología, servicios especializados, mantenimiento, transporte y nuevas capacidades profesionales. También abre oportunidades vinculadas con el almacenamiento energético, el hidrógeno verde, los biocombustibles sostenibles y la electrificación de sectores industriales y del transporte.
Para Sudamérica, esto significa que la transición energética podría convertirse también en una política de desarrollo productivo.
IRENA plantea precisamente la posibilidad de utilizar la transición para promover una nueva industrialización, agregando valor a los recursos y capacidades locales en lugar de limitarse a exportar materias primas o energía.
Y existe otro elemento que favorece el proceso: los costos.
Según el informe de IRENA publicado en julio de 2026, más del 90% de los proyectos renovables de gran escala puestos en funcionamiento durante 2025 generaron electricidad a un costo inferior al de las nuevas centrales fósiles más económicas de sus respectivos mercados. El costo promedio de la energía solar fotovoltaica se mantuvo en torno a los US$44 por MWh, mientras que la eólica terrestre bajó a aproximadamente US$33 por MWh.
El desafío es hacerlo sostenible
La expansión de las energías renovables no significa que todos los proyectos sean automáticamente sustentables.
La instalación de grandes parques solares, eólicos o hidroeléctricos requiere evaluar territorio, biodiversidad, disponibilidad de agua, infraestructura, comunidades locales y efectos acumulativos. También es necesario considerar qué ocurrirá con los equipos cuando lleguen al final de su vida útil y desarrollar cadenas de reciclaje y recuperación de materiales.
La transición energética, por lo tanto, no consiste simplemente en reemplazar petróleo, gas o carbón por paneles solares y aerogeneradores. Implica transformar progresivamente la manera en que se produce, transporta, almacena y consume la energía.
Sudamérica ante una oportunidad histórica
Sudamérica tiene una combinación poco frecuente: abundantes recursos naturales renovables, experiencia hidroeléctrica, enormes territorios disponibles para proyectos solares y eólicos y una creciente demanda de energía.
El desafío será convertir esas ventajas naturales en una estrategia de largo plazo.
La pregunta ya no parece ser si las energías renovables tendrán un papel central en el futuro energético sudamericano. Los datos muestran que ese proceso ya comenzó.
La verdadera discusión es otra: qué países lograrán transformar sus recursos naturales en infraestructura, inversión, industria y empleo, y cuáles quedarán solamente como proveedores de materias primas y energía.
En esa diferencia puede estar una de las grandes decisiones económicas y ambientales de Sudamérica para las próximas décadas.
Fuentes principales: IRENA y OLADE, con datos 2025-2026.
