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Centroamérica: actividad sísmica, territorio y ambiente en una de las regiones más dinámicas del planeta

Centroamérica se encuentra en una de las zonas tectónicamente más activas del planeta. La región está condicionada por la interacción de distintas placas tectónicas, entre ellas las placas de Cocos, Caribe y Norteamérica, además de la influencia de las placas de Nazca y Sudamérica en el extremo sur de la región. Esta configuración explica la presencia de actividad sísmica frecuente, volcanismo y una geografía marcada por procesos de transformación permanente.

La actividad sísmica centroamericana no responde a un único mecanismo. En buena parte de la región, la placa de Cocos se introduce por debajo de la placa del Caribe mediante un proceso denominado subducción. Al mismo tiempo, existen sistemas de fallas que producen movimientos laterales de las placas y fallamientos dentro de la propia corteza terrestre. Los estudios regionales distinguen, por ello, entre terremotos asociados a la subducción y aquellos vinculados con fallas corticales y límites transformantes.

Una geografía condicionada por la tectónica

La relación entre tectónica y ambiente es particularmente visible en el paisaje centroamericano. La subducción está vinculada con el arco volcánico que se extiende desde Guatemala hacia Costa Rica. A lo largo de esta franja se concentran numerosos volcanes y sistemas geotérmicos, resultado de los procesos geológicos asociados al movimiento de las placas.

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La actividad tectónica también contribuyó durante millones de años a la formación y transformación de montañas, valles, costas y cuencas. En consecuencia, el territorio centroamericano presenta una combinación de zonas montañosas, áreas volcánicas y regiones costeras expuestas a diferentes amenazas naturales.

Los terremotos pueden producir efectos ambientales directos. Entre ellos se encuentran los deslizamientos de tierra, especialmente en áreas montañosas, modificaciones locales del terreno, desprendimientos de rocas y alteraciones de cursos de agua. Cuando los movimientos sísmicos se producen bajo el mar y presentan determinadas características, también pueden generar tsunamis.

El riesgo no depende solamente de la magnitud

La investigación sísmica establece que la magnitud de un terremoto no es el único factor que determina sus consecuencias. La profundidad del evento, la distancia respecto de las poblaciones, las características geológicas del suelo y las condiciones de las construcciones tienen una influencia determinante sobre los daños.

Los estudios de amenaza sísmica realizados para Centroamérica analizan precisamente estas variables. Una investigación regional publicada en 2025 revisó los diferentes modelos de amenaza sísmica desarrollados para los países centroamericanos y evaluó un modelo actualizado denominado KUKAHPÁN-25, que incorpora información sobre los movimientos esperables del terreno y las características de las distintas fuentes sísmicas.

La información resulta especialmente importante porque las fronteras políticas no coinciden con las estructuras geológicas. Por ese motivo, los estudios regionales de amenaza buscan establecer criterios comunes para analizar la actividad sísmica de los siete países de Centroamérica. Un trabajo publicado sobre la zonificación sísmica regional destaca precisamente la cooperación entre especialistas de los países centroamericanos para establecer una caracterización que no quede limitada por las fronteras nacionales.

Terremotos y ecosistemas

Desde el punto de vista ambiental, un terremoto puede modificar temporalmente las condiciones de un ecosistema. Un deslizamiento puede remover grandes cantidades de suelo y vegetación, alterar cauces y afectar hábitats. En zonas costeras, un tsunami puede modificar playas, humedales y otros ambientes próximos al litoral.

Estos efectos deben analizarse de acuerdo con las características de cada territorio. Una misma magnitud sísmica puede producir consecuencias diferentes dependiendo de la profundidad del terremoto, la geología local, la topografía y el nivel de exposición de las poblaciones.

La vulnerabilidad ambiental también está relacionada con el grado de transformación del territorio. La urbanización, la ocupación de laderas y la infraestructura construida en zonas expuestas pueden aumentar las consecuencias de un fenómeno sísmico. En este punto, los estudios de riesgo diferencian entre la amenaza natural y la vulnerabilidad de las sociedades y territorios expuestos.

Una región donde terremotos y volcanes forman parte del mismo contexto geológico

La presencia de volcanes en Centroamérica tampoco es independiente de la actividad tectónica. El proceso de subducción de la placa de Cocos debajo de la placa del Caribe está relacionado con la formación del arco volcánico centroamericano. La actividad volcánica, a su vez, genera paisajes y ecosistemas particulares y constituye una fuente de recursos geotérmicos.

Esto no significa que un terremoto implique necesariamente una erupción volcánica. Son fenómenos diferentes, aunque ambos están relacionados con la dinámica interna de la Tierra y con la configuración tectónica de la región.

Conocer para reducir el riesgo

La investigación científica sobre Centroamérica se apoya en registros históricos y modernos de terremotos, redes sismológicas, información geológica, mediciones geodésicas y modelos de amenaza.

Un catálogo regional publicado en 2024 reúne información sísmica de Centroamérica desde 1520 hasta 2020 y combina registros procedentes de diferentes instituciones sismológicas de la región. El objetivo es mejorar la caracterización de las fuentes sísmicas y aportar información para las evaluaciones de amenaza.

Los registros históricos son especialmente importantes porque permiten identificar zonas que han experimentado terremotos en el pasado y estudiar sus características. Sin embargo, los catálogos sísmicos y los modelos de amenaza sirven para evaluar probabilidades y escenarios de movimiento del terreno; no permiten establecer de manera determinista cuándo ocurrirá un terremoto específico.

Centroamérica, por su configuración tectónica, continuará siendo una región sísmicamente activa. La investigación científica permite conocer mejor las estructuras que generan los terremotos, identificar zonas de mayor amenaza y mejorar las herramientas utilizadas para reducir sus consecuencias sobre las personas, las ciudades, las infraestructuras y los ecosistemas.

En este contexto, el estudio de la actividad sísmica forma parte también de la gestión ambiental y territorial: conocer cómo funciona el territorio es una condición fundamental para planificar dónde y cómo se construye, proteger áreas expuestas y reducir los impactos de los fenómenos naturales.