
La ONU frente a la crisis ambiental: más ciencia, más urgencia y una batalla por el financiamiento
Cambio climático, pérdida de biodiversidad, contaminación y degradación de los suelos forman parte de una misma crisis. Naciones Unidas intenta ahora pasar de los grandes acuerdos a la implementación, pero el principal desafío sigue siendo económico: el mundo continúa destinando mucho más dinero a actividades que dañan la naturaleza que a protegerla.
Por Pato Van Ploeg
La agenda ambiental de Naciones Unidas entró en una nueva etapa. Después de décadas de tratados, cumbres, compromisos y metas globales, el problema ya no parece ser la falta de diagnóstico. La ciencia ha establecido con bastante claridad cuáles son los riesgos y cuáles deberían ser las respuestas.
El problema es otro: la velocidad de la acción no alcanza.
En 2026, Naciones Unidas coloca el ambiente dentro de una mirada más amplia. Ya no se trata solamente del cambio climático. La organización habla de una “triple crisis planetaria”, integrada por el calentamiento global, la pérdida de naturaleza y biodiversidad y la contaminación y los residuos. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) convirtió esa visión en el eje de su estrategia para el período 2026-2029.
Es un cambio importante. Porque significa entender que no alcanza con reducir emisiones si al mismo tiempo se destruyen bosques, se degradan los suelos, se contaminan los océanos o se pierden especies.
El diagnóstico es cada vez más contundente
El mensaje del secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, durante el Día Mundial del Medio Ambiente 2026 fue particularmente directo.
Los últimos 11 años fueron los 11 más cálidos desde que existen registros y el planeta se encamina a superar temporalmente el umbral de 1,5 °C de calentamiento. Para Guterres, cada décima adicional implica mayores daños, especialmente para las poblaciones más vulnerables.
La respuesta, sostuvo, pasa por reducir drásticamente las emisiones, acelerar una transición justa fuera de los combustibles fósiles y avanzar hacia las energías renovables.
Pero el clima es apenas una parte del problema.
El PNUMA advierte que aproximadamente el 40% de las tierras del planeta se encuentra degradado, mientras más de 2.000 millones de hectáreas presentan algún grado de degradación y alrededor de 3.000 millones de personas están afectadas por sus consecuencias.
En biodiversidad, la situación tampoco resulta alentadora: alrededor de un millón de especies están amenazadas de extinción.
La ONU insiste en que proteger la naturaleza no es una cuestión romántica ni exclusivamente ecológica. La economía depende de ella. Alimentos, agua, materias primas, estabilidad climática y buena parte de la actividad productiva están vinculados directamente con el funcionamiento de los ecosistemas.
El gran problema: el dinero
Y aquí aparece quizás uno de los datos más reveladores de la agenda ambiental de Naciones Unidas.
Un informe del PNUMA publicado en enero de 2026 mostró que por cada dólar destinado a proteger o restaurar la naturaleza, el mundo gasta aproximadamente 30 dólares en actividades que la degradan.
El dato surge del informe State of Finance for Nature 2026, que analizó los flujos financieros de 2023. Según el estudio, unos US$ 7,3 billones fueron destinados a actividades consideradas negativas para la naturaleza, mientras que apenas US$ 220.000 millones llegaron a soluciones basadas en la naturaleza.
La contradicción es enorme.
Mientras gobiernos y organismos internacionales hablan de transición energética, restauración de ecosistemas y producción sostenible, buena parte del sistema financiero continúa premiando modelos productivos que ejercen presión sobre los recursos naturales.
Por eso, la discusión ambiental dejó de ser solamente una discusión sobre emisiones o conservación. También es una discusión sobre capital.
El PNUMA estima que las inversiones en soluciones basadas en la naturaleza deberían aumentar hasta alcanzar unos US$ 571.000 millones anuales en 2030 para cumplir con los objetivos internacionales de biodiversidad, clima y restauración de tierras.
De los grandes acuerdos a la implementación
La ONU también parece estar intentando modificar su propia forma de trabajar.
La nueva estrategia del PNUMA para 2026-2029 pone el foco en transformar los compromisos internacionales en políticas concretas dentro de los países. La estrategia se estructura alrededor de tres grandes áreas: acción climática, acción sobre la naturaleza y acción frente a los productos químicos y la contaminación.
A ellas se suman ciencia, legislación ambiental, gobernanza, financiamiento y transformación digital.
Es decir, el desafío ya no es solamente firmar acuerdos.
Es conseguir que esos acuerdos lleguen a los presupuestos públicos, a las empresas, a las ciudades, al campo, a la industria y finalmente a la vida cotidiana.
Biodiversidad: el otro frente de batalla
En materia de biodiversidad, el gran marco internacional sigue siendo el Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal, que establece entre sus principales objetivos proteger el 30% de las tierras y aguas y el 30% de los océanos para 2030, además de restaurar ecosistemas degradados.
Pero Naciones Unidas reconoce que el ritmo de implementación todavía debe acelerarse.
En octubre de 2026, la atención volverá a concentrarse en este tema con la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Biodiversidad, que se realizará en Yereván, Armenia, entre el 19 y el 30 de octubre.
Será otra oportunidad para comprobar cuánto de lo acordado en los grandes documentos internacionales empieza realmente a convertirse en políticas concretas.
La contaminación entra definitivamente en el centro de la agenda
Otro cambio significativo es el creciente peso que Naciones Unidas está dando a la contaminación y los residuos.
En 2025, bajo liderazgo del PNUMA, se estableció un nuevo panel científico intergubernamental sobre productos químicos, residuos y contaminación, después de tres años de negociaciones.
La intención es construir para la contaminación una base científica internacional comparable, en cierta medida, con la que existe para el cambio climático y la biodiversidad.
Esto resulta particularmente relevante en un mundo atravesado por plásticos, residuos electrónicos, sustancias químicas persistentes y modelos de producción y consumo de enorme impacto ambiental.
Una ONU ambientalmente fuerte, pero financieramente dependiente
Aquí aparece otra de las grandes contradicciones.
El PNUMA es el principal organismo ambiental de Naciones Unidas y trabaja con los 193 Estados miembros. Sin embargo, más del 95% de su financiamiento proviene de contribuciones voluntarias.
Eso significa que su capacidad para llevar adelante programas ambientales depende en buena medida de la voluntad financiera de los países y otros socios.
La situación se vuelve todavía más compleja en un escenario internacional marcado por conflictos, tensiones geopolíticas y dificultades económicas.
Aun así, durante 2026 varios países y organismos continúan reforzando su cooperación ambiental. La Unión Europea y Japón, entre otros actores, reafirmaron su compromiso con el multilateralismo ambiental y con el trabajo científico del PNUMA.
¿Está ganando o perdiendo la ONU la batalla ambiental?
La respuesta no es sencilla.
La ONU está más activa que nunca en materia ambiental, pero el planeta todavía no está avanzando al ritmo que requieren sus propios diagnósticos científicos.
Hay avances concretos: nuevos mecanismos científicos, acuerdos internacionales, protección de áreas marinas, proyectos de restauración, nuevas herramientas financieras y políticas ambientales que comienzan a incorporarse en distintos países.
Pero también existe una brecha enorme entre los compromisos y la realidad.
La propia ONU lo reconoció después de la COP30 de Belém: hubo avances, pero la distancia entre lo que se está haciendo y lo que exige la ciencia continúa siendo peligrosamente grande.
Quizás esa sea hoy la verdadera discusión ambiental.
Ya no se trata de convencer al mundo de que existe un problema.
El problema está probado. La ciencia lo mide. La ONU lo documenta.
La pregunta que queda es mucho más incómoda: ¿está el mundo dispuesto a cambiar la manera en que produce, consume e invierte para evitar que la crisis ambiental termine siendo también una crisis económica y social?
La respuesta, por ahora, sigue siendo incompleta.
Y ese es precisamente el desafío que Naciones Unidas enfrenta en esta nueva etapa: conseguir que la sostenibilidad deje de ser una promesa internacional y se convierta, finalmente, en una decisión económica.
