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Parque Nacional Calilegua: la historia de las 76.000 hectáreas que resguardan las Yungas jujeñas

En las laderas orientales de las sierras de Jujuy, donde la vegetación cambia con la altura y los bosques húmedos albergan una extraordinaria diversidad de especies, el Parque Nacional Calilegua cumple una función central en la conservación de las Yungas. Sus más de 76.000 hectáreas protegen ambientes naturales fundamentales para la biodiversidad del noroeste argentino y constituyen un refugio para animales amenazados, como el yaguareté y la taruca.

La historia del parque está ligada a una cesión de tierras que permitió convertir una extensa superficie en un área destinada a la conservación. El proceso comenzó en 1978, cuando la provincia de Jujuy formalizó la transferencia de los terrenos mediante la Ley 3586, sancionada el 27 de noviembre de ese año. Al año siguiente, el Estado nacional estableció el Parque Nacional Calilegua a través del Decreto 1733, del 19 de julio de 1979.

Según la documentación oficial, participaron dos empresas: Calilegua SAAIC, propietaria de un predio de aproximadamente 53.810 hectáreas, y Ledesma SAAI, titular de otro de unas 22.498 hectáreas. La superficie total cedida rondaba las 76.307 hectáreas, una extensión que explica la relevancia territorial de aquella decisión para la conservación de los ecosistemas de la región.

La operación suele asociarse con la familia Blaquier por su vínculo histórico con Ledesma. Sin embargo, los registros oficiales identifican a ambas compañías como participantes en la cesión de los terrenos.

Las Yungas, un ecosistema de enorme valor ambiental

El Parque Nacional Calilegua protege una porción representativa de las Yungas, una región de selvas y bosques de montaña que se extiende por el noroeste argentino. Sus condiciones climáticas, la disponibilidad de humedad y las diferencias de altitud generan una sucesión de ambientes que favorece la presencia de numerosas especies vegetales y animales.

La conservación de estos espacios resulta relevante no solo por la protección de la fauna silvestre, sino también por el mantenimiento de los procesos ecológicos que sostienen el funcionamiento de los ecosistemas. La continuidad de los ambientes naturales permite preservar hábitats, favorecer la circulación de especies y resguardar un patrimonio biológico que enfrenta distintas presiones.

En este contexto, Calilegua representa una pieza importante dentro de las áreas protegidas de la Argentina. Su valor reside tanto en la superficie que conserva como en la diversidad de ambientes que reúne y en las posibilidades que ofrece para la investigación, la educación ambiental y el turismo responsable.

El desafío de compatibilizar conservación y actividad petrolera

La protección del parque convive con una situación compleja: dentro de sus límites se encuentra el yacimiento hidrocarburífero Caimancito, cuya explotación comenzó en 1969, antes de la creación del área protegida. De acuerdo con información de la Administración de Parques Nacionales, la actividad abarca unas 5.700 hectáreas.

La presencia de esta explotación plantea interrogantes sobre la relación entre las actividades productivas preexistentes y los objetivos de conservación establecidos para un parque nacional. En noviembre de 2014, la Administración de Parques Nacionales rechazó una propuesta hidrocarburífera vinculada con el yacimiento por considerar que resultaba incompatible con la normativa ambiental aplicable.

El caso refleja una de las discusiones centrales de la gestión ambiental: cómo abordar las actividades económicas que se desarrollan en territorios de alto valor ecológico y qué límites deben establecerse para garantizar la protección de los recursos naturales. En áreas de esta categoría, la conservación no es un objetivo accesorio, sino el principio que debe orientar las decisiones de gestión.

Naturaleza, turismo y educación ambiental

Además de su función ecológica, Calilegua ofrece oportunidades para acercar a los visitantes a los ambientes de las Yungas. Los senderos, los miradores y la observación de aves y otros animales silvestres permiten conocer de cerca las características de esta selva de montaña.

El turismo de naturaleza, desarrollado con criterios de responsabilidad ambiental, puede contribuir a difundir el valor de las áreas protegidas y fortalecer el vínculo de las comunidades y los visitantes con el patrimonio natural. Para ello, resulta fundamental respetar las indicaciones de los organismos responsables y minimizar el impacto de las actividades recreativas sobre la fauna, la flora y los ambientes.

A más de cuatro décadas de su creación, el Parque Nacional Calilegua permite observar cómo una decisión sobre el uso de la tierra puede tener consecuencias duraderas para la conservación. Su historia también recuerda que establecer un área protegida es solo el primer paso: sostener sus objetivos requiere vigilancia, gestión ambiental y decisiones capaces de priorizar la integridad de los ecosistemas.