
Fórmula E: cuando correr también significa consumir menos
Durante décadas, el automovilismo fue asociado con motores rugientes, combustible, velocidad y, necesariamente, consumo. La Fórmula E llegó para poner en discusión esa ecuación y demostrar que la competencia también puede convertirse en un laboratorio para una movilidad más sustentable.
Desde su primera carrera, en 2014, la categoría eléctrica fue evolucionando al mismo tiempo que lo hacía la tecnología. Aquellos primeros autos necesitaban un cambio de vehículo a mitad de carrera porque las baterías no tenían autonomía suficiente. Hoy, la historia es completamente diferente: los monoplazas son mucho más potentes, rápidos y eficientes, y gran parte de la competencia pasa por administrar inteligentemente la energía.
Ese es quizás el principal aporte de la Fórmula E: convertir la eficiencia energética en parte del espectáculo deportivo.
En un auto eléctrico de competición, acelerar no es la única manera de ganar. También importa cuánto se consume, cuánto se recupera al frenar, cómo se administra la batería y cómo se utiliza cada kilowatt disponible. La energía que normalmente se perdería durante las frenadas puede recuperarse y volver a utilizarse para impulsar el auto.
La próxima generación, GEN4, que comenzará a competir en la temporada 2026/27, llevará todavía más lejos esa búsqueda. Los nuevos monoplazas alcanzarán potencias cercanas a los 800 CV en determinados modos de carrera y podrán superar los 335 kilómetros por hora, pero al mismo tiempo incorporarán sistemas capaces de recuperar hasta 700 kW durante las frenadas.
La paradoja es interesante: más potencia no necesariamente significa mayor impacto ambiental si la tecnología consigue utilizar la energía de manera mucho más eficiente.
Pero la sustentabilidad de la Fórmula E no termina en el motor. La categoría también trabaja sobre los materiales de los vehículos, el reciclaje de baterías y neumáticos, la reducción de residuos y la logística de un campeonato que recorre diferentes países. La intención es que la sustentabilidad abarque todo el ciclo de vida de la competencia y no solamente aquello que ocurre cuando el auto está en la pista.
Y hay una razón por la que todo esto importa más allá de las carreras.
El automovilismo siempre fue un enorme banco de pruebas para la industria. Tecnologías desarrolladas bajo condiciones extremas de competición pueden terminar, años después, en los vehículos que circulan por las calles. En la Fórmula E se experimenta con motores eléctricos, baterías, software, sistemas de recuperación de energía y gestión térmica. Lo que funciona en una pista puede transformarse luego en una solución para un automóvil de uso cotidiano.
Por eso, quizás el verdadero desafío de la Fórmula E no sea demostrar que un auto eléctrico puede ser veloz. Eso ya está demostrado.
El desafío es otro: demostrar que el futuro de la movilidad puede ser simultáneamente más eficiente, tecnológico y apasionante.
En ese sentido, la Fórmula E representa una transformación cultural además de tecnológica. El automovilismo ya no tiene por qué ser solamente una carrera por llegar primero. También puede ser una carrera por usar mejor los recursos, recuperar energía y reducir el impacto sobre el planeta.
Y acaso esa sea una de las paradojas más interesantes de la movilidad sustentable: para encontrar una manera más limpia de movernos por las calles, también puede ser necesario seguir corriendo en las pistas.
