El impacto ambiental de la Inteligencia Artificial
Que nadie dude de que la popularización de la Inteligencia Artificial (IA) constituye una nueva revolución industrial y, probablemente, la más fuerte que haya vivido el ser humano. En apenas 3 años la IA se ha convertido en nuestro asistente: le pedimos que escriba, dibuje, resuma, programe.
Está en el buscador, en el móvil, en el trabajo. Parece casi mágica, es virtual e intangible. Pero no lo es: detrás de cada prompt hay grandes centros de datos con sus servidores, sus redes de comunicación cableadas, sus sistemas de refrigeración y mucha, muchísima, energía eléctrica circulando.
En este artículo vamos a ver con cifras y opiniones expertas, cuáles son las consecuencias reales de esta tecnología que está cambiando el mundo.
La IA contamina menos… hasta que la multiplicamos

Entrenar y operar sistemas de IA requiere grandes cantidades de energía y agua. Ahora bien, cuando se comparan tareas equivalentes, parece que hay matices.
Según un estudio publicado en Nature, que analizó las emisiones asociadas a sistemas como ChatGPT, BLOOM, DALL·E2 o Midjourney frente a humanos realizando tareas similares de escritura e ilustración, los resultados son sorprendentes: la IA emite entre 130 y 1.500 veces menos CO₂e por página de texto que los escritores, y entre 310 y 2.900 veces menos por imagen que los ilustradores. Los autores concluyen que “el uso de la IA tiene el potencial de llevar a cabo varias actividades importantes con niveles de emisión mucho más bajos que los humanos”.
Pero no todo es eficiencia, y aquí entra en juego la escala. Una sola consulta a ChatGPT consume unas diez veces más electricidad que una búsqueda en Google, según la Agencia Internacional de la Energía.
El consumo eléctrico global de los centros de datos alcanzó los 460 teravatios-hora en 2022, un nivel comparable al consumo anual de países como Francia. Y las proyecciones apuntan a que este mismo año 2026 podría doblarse. El caso de Irlanda es paradigmático, el auge de la IA puede hacer que los centros de datos del país sean responsables del 35% del consumo eléctrico nacional.
Es cierto que, en términos absolutos, el impacto del uso de esta herramienta todavía es pequeño comparado con volar, comer carne o conducir. Pero la velocidad en la que se adopta esta tecnología importa. ChatGPT afirma tener cientos de millones de usuarios semanales apenas tres años después de su lanzamiento, y Google, que controla alrededor del 90% del mercado global de búsquedas, ha integrado IA generativa en su página principal. A eso se suman agentes automáticos y servicios invisibles que operan en segundo plano.
El impacto no es solo eléctrico. Fabricar un ordenador de 2kg requiere 800kg de materias primas, y los microchips dependen de tierras raras cuya extracción puede ser ambientalmente negativa. Los centros de datos también generan residuos electrónicos con sustancias peligrosas como mercurio o plomo y consumen grandes cantidades de agua para refrigeración: una estimación apunta a que la infraestructura vinculada a la IA podría llegar a usar seis veces más agua que Dinamarca, un país de seis millones de habitantes.
Centros de datos, energía y agua
Para entender el alcance real, conviene mirar dónde “vive” la IA. Detrás de cada prompt hay un centro de datos: edificios de temperatura controlada repletos de servidores, sistemas de almacenamiento y equipos de red. Amazon, por ejemplo, cuenta con más de 100 centros de datos en todo el mundo, cada uno con en torno a 50.000 servidores para sostener sus operaciones en la nube.

No es una infraestructura nueva, pero la IA generativa ha cambiado el ritmo y la intensidad. Como explica Noman Bashir, investigador del MIT Climate and Sustainability Consortium, lo que diferencia a esta nueva ola es la densidad de potencia: un clúster de entrenamiento de IA generativa puede consumir siete u ocho veces más energía que una carga informática típica.
Esta herramienta ya es estructural: gobiernos y grandes tecnológicas están diseñando el sistema energético del futuro teniendo en cuenta sus necesidades. Y todo esto ocurre en un contexto en el que la ONU habla de una “era de quiebra hídrica global”, donde el agua, clave para refrigerar estos complejos, es un recurso cada vez más tensionado.
La historia, sin embargo, no tiene por qué ser pesimista. Se sostiene que la IA puede ser una aliada contra la crisis climática: diseñando nuevas baterías, monitorizando la deforestación o prediciendo huracanes. El riesgo, como advertía Golestan Radwan, directora digital del PNUMA, es avanzar en estrategias nacionales de IA sin integrar la sostenibilidad ambiental. La falta de salvaguardas ecológicas no es menos peligrosa que la ausencia de otras regulaciones, cuando hablamos de IA.
Esta tecnología no es intrínsecamente “verde” ni necesariamente “sucia”. Lo decisivo será cómo, cuánto y para qué decidamos usarla. Detrás de cada interacción digital existe una infraestructura física real, con efectos concretos sobre las vidas de las personas y los ecosistemas. Como ocurre con la moda, la alimentación o el transporte, promover un uso responsable de la IA y exigir a las empresas que mejoren y reduzcan su huella ambiental es una responsabilidad compartida.

