La amenaza de Trump sobre Irán evoca el peor desastre ambiental petrolero de la historia
En 1992, el director Werner Herzog sobrevoló Kuwait en helicóptero con una cámara. Lo que vio desde el aire no parecía la Tierra. Columnas de humo negro que llegaban a los 6.000 metros de altura. Lagos de petróleo donde antes había vegetación. Un paisaje que Herzog describió como un planeta extraño, sin referencias reconocibles. El resultado fue Lecciones en la oscuridad, un documental de 54 minutos que muchos consideran una de las obras más perturbadoras sobre la relación entre la guerra y el medio ambiente.
Las imágenes que Herzog capturó eran reales. En enero y febrero de 1991, el ejército de Saddam Hussein prendió fuego a 700 pozos petroleros al retirarse de Kuwait, derrotado por la coalición liderada por Estados Unidos. No fue un accidente ni un daño colateral: fue una decisión deliberada. Una táctica de tierra quemada que convirtió uno de los territorios más ricos en recursos del mundo en lo que muchos describieron como el infierno en la Tierra.
Treinta y cinco años después, el presidente de Estados Unidos Donald Trump amenazó públicamente con destruir la infraestructura energética de Irán si no se llega a un acuerdo de paz. La pregunta que esa amenaza instala es la misma que Herzog dejó suspendida en el aire en 1992: ¿qué le pasa al planeta cuando la guerra decide apuntar al petróleo?
Los incendios comenzaron en enero de 1991 y el último pozo fue extinguido en noviembre, diez meses después. Durante ese tiempo se perdieron alrededor de seis millones de barriles de petróleo por día. El costo de apagar los pozos fue de 1.500 millones de dólares. El humo absorbió entre el 75% y el 80% de la radiación solar en las zonas afectadas. Las nubes negras se extendieron sobre la región y llegaron hasta el sur de Asia.
Las consecuencias ambientales fueron graves y algunas siguen sin medirse del todo. La vegetación en las zonas contaminadas comenzó a recuperarse recién en 1995. El petróleo vertido al suelo continuó hundiéndose en la arena durante años, con efectos aún desconocidos sobre los acuíferos subterráneos de Kuwait. Millones de litros de crudo se vertieron al Golfo Pérsico, afectando ecosistemas marinos costeros. Los incendios también fueron vinculados a lo que se conoció como el Síndrome de la Guerra del Golfo, una serie de síntomas crónicos reportados por soldados que estuvieron en la región, aunque la relación causal nunca fue confirmada definitivamente.
La catástrofe climática global que algunos científicos temían, como un «invierno nuclear de petróleo» propuesta por el astrónomo Carl Sagan, no llegó a materializarse a esa escala. Pero el daño regional fue enorme, y las consecuencias a largo plazo para el ecosistema del Golfo Pérsico todavía se estudian.
La amenaza que vuelve
Treinta y cinco años después, una declaración publicada el 30 de marzo de 2026 en la red social Truth Social volvió a colocar ese escenario en el centro del debate. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, amenazó con destruir «completamente» las centrales eléctricas, los pozos de petróleo, la isla de Kharg y las plantas desalinizadoras de Irán si no se llegaba a un acuerdo y el estrecho de Ormuz no se reabriera al tráfico comercial.
La escala de lo que se amenaza destruir en Irán es considerablemente mayor que los pozos de Kuwait en 1991. La isla de Kharg concentra el 90% de las exportaciones de petróleo iraní. Las plantas desalinizadoras son la principal fuente de agua potable de una región que alberga apenas el 2% de las reservas mundiales de agua dulce renovable. Destruir esa infraestructura no sería solo un golpe económico: sería una catástrofe ambiental y humanitaria de proporciones difíciles de calcular.
Los incendios petroleros de Kuwait demostraron algo que ya se sabía en teoría pero que las imágenes de Herzog terminaron de hacer visible: la guerra y el medio ambiente no son dos asuntos separados. Cuando se destruye infraestructura energética a gran escala, los daños no respetan fronteras ni se detienen cuando se firma un armisticio. El petróleo que llegó al Golfo Pérsico en 1991 no preguntó de qué país era la costa que contaminaba.
La amenaza sobre Irán incluye además un elemento que no estuvo presente en Kuwait: las plantas desalinizadoras. Destruirlas no solo privaría de agua potable a millones de personas de forma inmediata, sino que añadiría una dimensión humanitaria al desastre ambiental que 1991 no tuvo en esa magnitud.
Werner Herzog filmó Kuwait porque entendió que esas imágenes eran demasiado importantes para dejarlas solo en los noticieros. Treinta y cinco años después, la pregunta que su documental dejó instalada sigue sin respuesta: ¿cuántas veces necesita el planeta ver ese paisaje antes de que deje de ser posible?

